Penta 2005 – notas (libres) de cata

21 02 2009


Últimamente me decanto por los monovarietales, pero como hoy iba a comer solo, me he abierto esta media botella que guardaba de un coupage de tempranillo (55%), cabernet sauvignon (25%), Syrah (10%), Merlot (8%) y Petit Verdot (2%). Cinco variedades. Penta. Yo creo que estas mezclas las hacen por 2 motivos: uno, porque el enólogo quiere lucirse demostrando que puede encajar las piezas de un rompecabezas; o dos, para rentabilizar retales de cosechas.


Lo primero es realmente complicado. Si conseguir un vino monovarietal redondo es muy difícil, obtener el vino perfecto mezclando uvas diferentes es misión imposible. Cuando incluyes cabernet sauvignon para aportarle taninos, estás tapando los preciosos ribetes morados del merlot joven; si le metes bobal para darle capa, la petit verdot pierde su terciopelo. Eso sí, cuando lo consigues ensamblar todo a la perfección, entonces estamos ante un vino sublime e inolvidable. Como me ocurre con aquel Cain Five del Napa Valley, que, años después, todavía lo tengo en la boca.

El Penta 2005, me da la impresión de que pertenece más al segundo grupo, el de los retales. Eso no quita para que a esta marca haya que reconocerle un gran mérito, porque le ha limpiado las telarañas a una parte de los millones de barricas de La Mancha, tierra de vides, pero no de vinos, hasta hace poco. Hace vinos “modernos” (para lo bueno y para lo malo) y éste es una muestra de ello.

Descorchas y parece como si el vino estuviera empujando detrás del tapón deseando salir desde el 2005. Es “efervescente” y no lo digo sólo por las trazas de carbónico en la entrada.

Como esa chica que conoces un día en la disco. Exuberante melena hasta la espalda, sonrisa escotada. Ríe a carcajadas cualquier comentario que puedas hacer sobre la vida del orangután en la selva de Borneo. Parece que está por ti. Tú no entiendes muy bien por qué, pero disfrutas el momento. Hasta que le pides el teléfono, te dice que ahora vuelve y desaparece de tu vista. Pues eso le pasa a este vino. Lo viertes en la copa y te encuentras con un pibón vestida de color rojo picota. Al menos tiene el detalle de no llevar uno de esos perfumes de discoteca que recuerdan a chicle de fresa. Empieza, estridente, con cereza y luego se va oscureciendo hasta llegar a la fruta negra, pero, vamos, es un ratito. Da tiempo aún a acariciar en nariz sus balsámicos estereofónicos. Pero queda poco.

Pasamos a la boca. La entrada es potente. Me dice: oye, que estoy aquí. Que no mires a las otras. Reclama toda mi atención. De acuerdo. Pero lo hace con una bofetada seca. Claro, te pones en guardia. Empiezas a verle los fallitos. Que si los taninos los tiene por las nubes, que si el punto de amargor del final no estaba previsto, sino que resulta que el enólogo se quedó dormido… Dónde estaba el terciopelo del petit verdot? Pues, claro, con un 2% qué querías. Total, que acaba la noche y te has olvidado de esa chica que tanto prometía cuando la descorchaste. El posgusto es realmente breve y sólo te queda la sensación de lija en la cara interna de las mejillas.

En fin, a pesar de todo, el vino se puede tomar tranquilamente. Eso sí, no lo guardéis ni un día más en la bodega. Día que pasa, día que empeora. ¿Por qué no te conocería en 2006, bombón?

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