La reclamación

5 09 2009

Relato finalista en el I Concurso de Relatos Breves The Lunes de 2010, categoría relatos de humor.
BurrocraciaEsta mañana he ido a la Oficina de Reclamaciones Temporales y no veas la cola que había. Me he presentado tarde, porque todavía estaban mis biorritmos con el horario de invierno, pero daba lo mismo: los funcionarios no habían llegado. Bueno, parece que uno sí, porque se veía una chaqueta en el respaldo de una silla. En cualquier caso, nos han hecho esperar un rato que no hemos podido determinar, ya que el Ministerio suele parar el tiempo en ese negociado.

Había dos ventanillas, la del tiempo cronológico y la del meteorológico. Entre el dichoso cambio de hora y las lluvias torrenciales de estos días, os podéis imaginar que ambas estaban atestadas de usuarios molestos con los últimos acontecimientos. La mía era la primera.

“- Mi reclamación es por la hora que nos robaron el sábado pasado. Que a ver si me la devuelven, porque la necesito”, espeto a una calvita de seminarista cuando finalmente llega mi turno. Sin levantar la cabeza, el hombre mete la mano en un cajón y me hace llegar a través de la ventanilla unos papeles.

“- Rellenesteformularioyquepaseelsiguienteporfavor” suelta con la misma entonación con la que las azafatas de vuelo te informan de cómo ponerte la mascarilla en caso de que el avión vaya a estrellarse contra el suelo a 800 kilómetros por hora.

El impreso tenía tres opciones. 1. Solicitar la devolución íntegra de las retenciones horarias; 2. Aplicarse la deducción de la hora restada en la próxima declaración de horas; 3. Otros.

Le he preguntado al funcionario que si bajo el capítulo de “Otros” podría indicar una donación. El funcionario ha emitido un suspiro de tal forma que, por un momento, me ha parecido que estaba enamorado. Ha consultado en el reglamento y me ha confirmado que sí, pero que la hora tendría que ser de lluvia,
“- porquelsábadopasadoenvalenciallovíaseñor”. ”

– Bien, pues entonces le marco la casilla ‘Otros’ y en “Especifique” añado ‘Donar a una ONG de Somalia’.

Por fin, el hombrecillo me ha mirado y me ha venido a la cabeza la imagen de un rumiante ojeando la carta de un asador argentino. A continuación, manteniendo fija la mirada en mí, ha localizado como con un radar el sello y lo ha estampado en las 4 hojas del formulario con la firmeza de un templario. Me ha devuelto una de ellas dedicándome esa expresión facial que aprendió en su primer día de trabajo. “Adiosmubuenas”, me ha despedido con su mejor acento “Spanair”.

En fin, yo confío mucho en nuestro sistema de administraciones públicas y estoy seguro de que, tarde o temprano, esa hora de lluvia acabará llegando a África. Y si no, tiempo al tiempo.

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