La luz cenicienta

25 09 2009

Le pedía amor, pero como se lo negaba, no le quedaba más remedio que sisarle.
Le pedía sexo, pero como remoloneaba, se veía obligado a pedir prestado.
Le pedía admirarla, pero como no se dejaba, acababa odiándose a sí mismo.
Le pedía ser alguien para ella, pero ella le ninguneaba.
Por pedir, que no quede, decía él. Por quedar, no me pidas, repetía ella.

Hasta que un día ella le pidió algo: – Si me entregas tu luz cenicienta, seré tuya.

No entendió. Corrió a la biblioteca y pidió la versión de Perrault. Pero no encontró lo que buscaba. Leyó también la de los hermanos Grimm y tampoco. Había cenicientas, pero no encontraba ninguna pista sobre su luz. Entonces cambió de sala y pidió unos densos tratados de óptica. Estudió a Newton, Maxwell, Einstein. Pero nada.

Salió a la calle. La noche estaba especialmente apagada. Permitió decidir a sus pies el camino y cuando se dió cuenta estaba cerca del acantilado. No tenía nada que objetar. La brisa del mar animaría a su mente a salir del búnker en el que había estado refugiada todo el día.

No se percató de su presencia hasta que estuvo prácticamente a su lado. El hombre estaba sentado, casi plegado sobre sí mismo, y tan inmóvil que se había camuflado en el entorno como una roca más. Miraba absorto, por encima del horizonte, con las manos en las mejillas, como si intentara sostener una cabeza abrumada ante tanta belleza.

– Qué mira, señor?

El hombre alzó el brazo y, señalando con el índice, dijo: -La luz cenicienta.

– ¡….!
– En la luna.
– Mmm, pero yo sólo veo una luna joven.
– Mira bien.

luna con luz cenicientaSu vista empezaba a aceptar que había algo más junto al fino cuerno luminoso de la luna recién nacida, la que sigue a la luna nueva. Efectivamente, ahora podía entrever el resto del disco lunar, aunque muy tenuemente. Nunca se había fijado. Antes de que preguntara, el viejo ya estaba contestando:
– Esa luz grisácea que te muestra toda la Luna, aunque no esté siendo iluminada directamente por el Sol, eso es la luz cenicienta. Es el resplandor que recibe la Luna de su astro rey, la Tierra.

Miró al hombre y éste se giró hacia él. Aparentaba más edad de la que tenía, porque nadie puede tener 200 años. Pero quizá por eso entendió lo que le pasaba.
-Chico, nunca pierdas tu luz cenicienta, porque es lo único que te pertenece cuando amas a una mujer. El brillo de ella en tu rostro es algo que nadie podrá arrebatarte. Yo entregué mi luz y la perdí para siempre. Y ahora tengo que venir aquí cada 28 días para recordar cómo era yo cuando era feliz.

Al día siguiente fue a verla. Si le entregaba su luz cenicienta, sería suya, pero su propio semblante quizá no reflejara nada en el futuro. Si se la negaba, ella desaparecería, pero el resplandor de todas las mujeres a las que amara a lo largo de su vida brillaría en su rostro por siempre.

Llamó y la puerta se abrió.

– Hola.
– Hola.

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