Martin Scorsese y el Colegio Alemán

21 02 2010

Cartel de Shutter IslandÚltimamente he vuelto al cine. Durante muchos años iba casi todas las semanas. Cuando alguien me comentaba “yo no voy al cine casi nunca”, me quedaba perplejo, porque era incapaz de imaginar que a alguien pudiera no interesarle. Sin embargo, en los últimos dos años dejé de ir de forma asidua. Creo que me cambiaron los gustos: el tipo de películas que antes me resultaban interesantes, ahora me parecían un tostón. Pero por suerte, en los últimos meses he vuelto a ir de forma más continuada. Creo que con el cine pasa algo similar a la lectura. Cuando acabas un libro que te gusta, enseguida quieres empezar otro, mientras que si un libro te aburre y acabas por dejarlo a medias, tardas más en volver a coger otro.

Hoy he visto “Shutter Island“, de Martin Scorsese. Desde luego ha hecho cosas mucho mejores y personalmente creo que se trata de una de esas “películas alimenticias” con las que hasta los más grandes pagan las hipotecas de sus lujosas mansiones. De todos modos, la película está, como siempre con Scorsese, muy bien hecha y la trama es interesante. Además Scorsese nos regala con claros homenajes a las películas de Hitchcock. Paralelismos con Vértigo (los sueños, las visiones, los traumas, la escalera de caracol, la torre); con “Con la muerte en los talones”, porque nunca se está seguro de quién es quién y por esos primeros planos del protagonista en plena acción (cuando lo habitual en esos momentos es un plano más general) y por esas transparencias a las que Hitchcock era tan aficionado y que ayudan a darle ese aire “retro” a la película. Di Caprio no es Cary Grant, pero no me disgusta en el papel de ese atormentado personaje.

Una de las ramas del argumento tiene que ver (y ya van dos semanas consecutivas) con el nazismo. En este caso, con los experimentos con “finalidad clínica” que llevaban a cabo los médicos nazis con prisioneros. Aparece en la película la liberación del campo de Dachau por soldados norteamericanos y la masacre que cometieron entre los soldados nazis.

Estas referencias me han hecho recordar mi visita a ese funesto lugar.

Cuando acabamos la clase 12 (lo que en el sistema español era el COU), mis compañeros y yo hicimos un viaje de fin de curso (y de colegio) a Alemania. Era un viaje de 10 días: 4 días en Munich, 4 en Garmisch-Partenkirchen (sí, donde los saltos de esquí de Año Nuevo) y un día para ir en autobús y otro para volver. Era la primera vez que salía de España.

Nuestra tutora, Frau Huber, organizó un dia una visita a Dachau. Dachau tiene el dudoso honor de ser considerado el primer campo de concentración del Tercer Reich (“Konzentrationslager”). No era un campo de exterminio (“Vernichtungslager”), porque éstos fueron construidos unos años después con la mera intención de poder aplicar la “Endlösung zur Judenfrage” (la solución final a la cuestión judía…).

En cualquier caso, en Dachau murieron asesinadas de uno u otro modo más de 40.000 personas. El campo se encontraba a unos 45 minutos de Munich en tren. Esto lo remarco para que quede claro que estos “cementerios” no se ubicaban en zonas desérticas o en lo más recóndito de cordilleras inaccesibles. Dachau estaba a poco más de media hora del centro de una de las ciudades más pobladas de Alemania. Sin embargo, cuando acabó la guerra, la gente de Dachau y de Munich repetía que ellos no sabían qué había estado pasando en ese sitio. En fin, ya dije algo sobre ello en mi post anterior.

De aquella visita varias imágenes se me quedaron grabadas. La leyenda sobre la puerta de entrada al campo, el lamentablemente famoso “Arbeit macht frei” (“el trabajo te hace libre”). De por sí, no es que sea un lema fascista, porque era algo que mi abuelo podía aconsejarme con otras palabras, pero en un sitio como ése toma otro sentido mucho más horrendo. Recuerdo también los barracones, con cientos de literas en las que se hacinaban los prisioneros, la cámara de gas y los hornos crematorios. Recuerdo también la explanada enorme a la que daban todos esos edificios y en la que imaginé deambulando a todos aquellos fantasmas, víctimas de la barbarie.

También revisé atentamente aquellos paneles informativos en los que, con textos y fotos, se explicaban los experimentos que médicos del régimen hacían con cobayas humanas. Se me quedó grabado aquél en el que un prisionero era sumergido durante unos minutos en agua a punto de congelación hasta que moría. Se hicieron muchas pruebas para conocer la matriz “temperatura del agua – tiempo hasta la muerte” del ser humano.

Quizá a alguien le puedan parecer tenebrosos estos recuerdos. Yo, sin embargo, quiero agradecérselos al colegio en el que, por fortuna y gracias a una beca del estado alemán, estudié durante 12 años. Una institución que me proporcionó una educación no exenta de exigencia y disciplina, pero que al mismo tiempo me inculcó una visión librepensadora de la vida: el Colegio Alemán de Valencia. Y una buena prueba de ello fue la visita que organizó Frau Huber para que conociéramos más detalladamente lo que nos había explicado Herr Gramss en las clases de Historia.

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