Quique Dacosta y Michel Bras

16 08 2010

En el corto espacio de 7 días he tenido la suerte de visitar dos templos de la gastronomía actual: el restaurante de Quique Dacosta en Denia y el de Michel Bras en Laguiole.

A Dacosta le sigo desde hace años y me alegra comprobar cómo cada año se supera de forma importante. Primero consiguió ensamblar un equipo de profesionales que no sólo no le empastraran en la sala lo que él preparaba en la cocina (que es lo que pasaba hace unos años), sino que ahora lo realzan y potencian. El jefe de sala, el somelier, los asistentes, hasta su hermano que, entre otras cosas, corta el pan con la reverencia con que ese alimento-dios merece, hacen un trabajo excepcional.

Y además, su cocina cada año aporta ideas nuevas, mientras que las antiguas se convierten en clásicas (en el buen sentido de la palabra). El local, para acabar, mejoró mucho ya en la última reforma y sólo le faltaría, para rizar el rizo, poder ver el Mediterráneo desde su terraza. Lo tiene fácil, que ponga unas pantallas con un video y solucionado! 😉

Hice unas fotos con el móvil, pero no tienen gran calidad. Aquí tenéis un enlace a las fotos “oficiales”. Tomé el menú “Universo Local” (el que recogía sus platos más nuevos).

Al cabo de unos días tenía cita en “chez” Michel Bras. Para que os hagáis una idea, entré a las 12:30h y salí a las 17:30h. Ni en El Bulli había estado tanto tiempo dentro de un restaurante. Y el caso es que no lo entiendo, porque el menú no era, ni mucho menos, excesivamente largo y el servicio tuvo un timing perfecto. Pero el caso es ése, estuve 5 horas desde que entré hasta que salí. Es verdad que me lo tomé todo con calma y que el café pedí tomármelo en la sala que tienen con la balconada, pero aún así no me salen las cuentas.

Pedí el menú degustación más largo que tienen, eso sí. Me pareció todo de una exquisitez máxima, pero creo que si vuelvo alguna vez (cosa no descartable porque la región del Aveyron y su contigua de Auvernia me resultaron una sorpresa maravillosa), tomaré el menú vegetal que tiene, porque fue en estos platos donde el sabor y la delicadeza de sus composiciones llegaron a su máxima expresión.

Por cierto, algo de lo que deberíamos aprender en España: el restaurante está en un pueblo de montaña, donde el agua tiene que ser, por naturaleza, buena. No se les caen los anillos al preguntarte si quieres “de l’eau minérale o eau carafe” (del grifo, vamos). En Biescas (en pleno Pirineo aragonés), unos días después, no me quisieron servir, junto con la botella de vino, una jarra de agua, “tiene que ser agua mineral”. En fin, en este país somos más listos que nadie…

Aquí tenéis unas fotos que hice con el móvil del espectacular entorno y del inolvidable menú (probablemente falte algún plato) de Michel Bras (no me atreví a llevar la cámara “profesional”, porque es muy aparatosa):

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