Ligar en el trabajo, cuando el trabajo es la ópera

28 02 2010

smetana-prodana_nevestaPor lo general salgo bastante tarde de trabajar. Hay días en que no me apetece hacerme nada para cenar y bajo al bar a pedirme un bocadillo. Los hacen muy buenos, porque el pan, que es lo importante en un bocadillo, está crujiente por fuera y esponjoso por dentro.

El otro día, cuando entré en el bar, me encontré con una escena que me llamó la atención. Los únicos clientes eran una pareja que, sentados en la mesa de la entrada, se estaban comiendo la boca como si se acabara el mundo. Un beso realmente sensual, entre dulce y apasionado. La pareja era muy peculiar. Él era muy poquita cosa, delgadito y bajito y llevaba una melena a lo Camilo Sesto, muy pasada de moda. Ella era una real hembra, bien formada con unas curvas rotundas, pero nadie podría llamarla gorda, ni mucho menos. Rubia, de labios carnosos, era propietaria de una nariz muy personal, que le arruinaba cualquier aspiración de perfección. Era una nariz como las que se pueden ver en esos antiguos perfiles etruscos.

Por varias razones, supuse que esa noche era la primera vez que se enrollaban. Se daban unos besos largos, sin prisas, como descubriéndose. Estaban sentados en una mesa, pero relativamente lejos el uno del otro. Tenían que acercarse forzando sus torsos y sus cuellos de una forma incómoda y exagerada. Es como si aquello les hubiera sobrevenido en aquel momento, como si les hubiera pillado por sorpresa. Por último, en los escasos comentarios que les oí entre beso y beso, me pareció que hacían referencia a alguien que ambos conocían. Una vez sumados todos estos elementos, el Sherlock Holmes y la Corín Tellado que llevo dentro, me hicieron deducir que se trataba de unos compañeros de trabajo, que esa misma tarde se habían liado por primera vez.

El camarero de la barra me pasó el paquete con el bocadillo, me cobró y me subí a casa. Escena olvidada… hasta ayer.

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